Tengo la misma culpa que mi agresor… así lo dice mi juez y verdugo: La Sociedad!!

 

Por Jessica Aguirre

En tiempos actuales seguimos escuchando a un gran sector de la sociedad, decir: mujer tienes la culpa, estás viendo como te trata y no lo dejas, ¿cómo lo permitiste?, ¿qué le hiciste?, ¿segura que quieres estar sola?, piensa en tus hijos, la mujer sola y divorciada no es bien vista, si eres mamá soltera, ¿quién va a quererte con una bendición?, ¿quién va a trabajar para darle comer a tus hijos?, pobre hombre se parte el lomo por darte todos estos lujos, no era él, era el alcohol o las drogas, perdónalo es buen hombre, etcétera, podríamos seguir mencionando muchas frases, que, como víctima de violencia lo único que logran es que si una mujer quiere salir de ese estado, mejor se resigne a vivir con su victimario, cumpliendo asi con los factores culturales y sociales, ser “una buena mujer”, abnegada, sumisa y dependiente de una pareja tóxica.

Aún así, cumpliendo con las reglas impuestas desde hace siglos, no se deja satisfecho al público y fuera de ayudar, a espaldas de cada víctima se encuentra el mejor juez: LA SOCIEDAD, todos aquellos que habitamos en perfección y que un poder supremo nos da el derecho de señalar, hablar de una mujer como la tonta que se deja y permite ser violentada, es más nos atrevemos a mencionar que se lo merece por pendeja!!!.

Existen factores culturales y sociales que llevan y colocan a una mujer ser la víctima ideal de un hombre, los cuales empiezan desde que nacimos NIÑAS, cuando crecemos ilusionadas con aquel guapo príncipe, que se enfrenta a dragones, lucha por nuestro amor, mientras esperamos dormidas en un castillo, despertándonos con un beso de amor real, así la historia de la mayoría de princesas termina con un: ¡VIVIERON FELICES PARA SIEMPRE!, solo que nadie nos explica que esa frase es solo en cuentos, nadie nos dice que hay después de la frase, es más ninguna historia de cine y televisión comienza conociendo a ese príncipe.

Después, en la adolescencia y cuando los cuentos de hadas pasan a la historia, nos convertimos en aquellas señoritas, en donde un joven astuto quiere poseer aquellas caderas y senos que apenas empiezan a desarrollarse, para nuestros quince años la presión social de nuestro grupo de “amigas” nos dice que ya estamos listas para tener novio, estamos listas para ser parte del menú y en donde el más galán nos elige para poder salir con él, empezamos a competir entre nosotras, haber quien es más delgada, popular, bonita, una lucha de egos para vernos espectaculares para entrar al grupo de las más deseadas, sin saber que solo nos colocamos como un objeto de aparador para que aquel chico nos elija, eso es normal, nos están enseñando que debemos ser femeninas.

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Ya en nuestra mayoría de edad, adultas de entre 25 a 35 años, después de varios sapos besados en busca de ese príncipe, nos vamos dando cuenta que la vida no es un cuento, que la realidad duele, duele y mucho, sin embargo ahora llega una edad en la cual, otra vez la sociedad, nos dice: No es posible que a tu edad sigas soltera, sin hijos, apúrale que la edad biológica se te va y después tener hijos es riesgoso, te vas a poner vieja, acuérdate que los hombres siempre buscarán a una mujer más joven. Un sin fin de palabras y cuestionamientos por ser una mujer adulta sin pareja.

La presión que ejercemos sobre una mujer adulta “sola”, hace creer que no estamos cumpliendo con esa misión de formar una linda familia, tener al menos dos hijos (niño y niña de preferencia), una casa, auto, un perro, dos tortugas y un pez, el sueño ideal de cualquier princesa digna de las televisoras. Formado nuestro pensamiento en realizar un sueño inculcado, nos ponemos manos a la obra, en busca de ese príncipe para formar una familia; cuando menos lo esperamos llega aquel hombre, socialmente aceptable, nos corteja, salimos, nos identificamos, aceptamos tener una relación y todo comienza de maravilla, va pasando el tiempo, hacemos planes, nos enamoramos, ese príncipe llegó a nuestras vidas, la sociedad es feliz porque al fin se realizará “nuestro sueño”, nos verán casadas o juntadas, con uno o dos niños y sobre todo con un hombre bueno, generoso al cual le dedicaremos nuestra vida.

Lo que la sociedad no sabe es que aquel príncipe, el educado, caballeroso, decente, no es en realidad aquel hombre que todos dicen conocer. Aquel hombre nos golpea, humilla, llega tomado a casa, nos toma a la fuerza para tener relaciones sexuales, nos insulta a cualquier provocación, amenazando con quitarnos a nuestros hijos o matarnos si lo dejamos, transformando el sueño en una pesadilla.

Aquí es el momento en que la sociedad, empieza con las frases mencionadas al inicio de este artículo, ahora todos tienen derecho a opinar y juzgar nuestras vidas como si todos recibieran los golpes de nuestro agresor, se indignan porque no lo dejamos, nos dicen que denunciemos, nos agreden con consejos y opiniones no pedidas, lo peor de todo, nunca hacen nada. Es en ese punto es donde pensamos que seremos acabadas por la sociedad, si dejo a mi agresor, los demás dirán que somos unas irresponsables, no es posible que no salvemos nuestra relación, nuestro matrimonio, un arranque lo tiene cualquiera; la familia dirá que lo dejemos, todos en ese momento se convirtieron en peritos y sabían antes de tomar la decisión de vivir con él, que ese hombre tenía características de ser un hombre agresivo, que toda la familia lo sabía, que se dieron cuenta de actitudes extrañas, solo que nadie hizo nada. Los grupos de amigas (os) nos apoyan hasta cierto limite, creen tener todos la verdad de la relación, a lo mejor nos aconsejan que hablemos con un profesional, nos dicen que estarán para nosotros en cualquier momento, si, en aquel momento que ya nos rompió la madre y lleguemos a sus casas a pedir ayuda, que nos salgan con algodón lleno de alcohol y nos repitan: Amiga, mira cómo te dejó, ahora ¿cómo te vas a tapar el moretón del ojo?, hoy duerme aquí, esta es tu casa, yo te sugiero que ya lo dejes, denúncialo, mañana mismo ve (no van a ir con nosotras), de igual forma, no hacen nada. Ni se diga si nos atrevemos a ir con alguna autoridad, lo primero que expresaran es esa sonrisa de flojera al vernos porque saben que los pondremos a trabajar, después de estar a punto de denunciar, nos dirán: ¿Estás segura?, ¿Lo quieres meter a la cárcel?, ten presente que es el padre de tus hijos, si lo metes a la cárcel ¿Quién los mantendrá?, ¡¡ay mujer!!, ¿Qué le hiciste para que te pegara?, te tienes que salir de la casa porque es suya y búscate un lugar a donde ir porque aquí no podemos ayudarte, que exagerada ni te pego bien, solo dos moretones y unos rasguños, en fin, ahora sí dime ¿quieres denunciar?, en ese preciso momento nos damos cuenta de lo injustas que hemos sido con aquel hombre, evitamos el trámite largo y cansado, nos quitamos las lágrimas del rostro y maquillamos como unas mujeres dispuestas a rescatar a ese hombre, si, a ese príncipe, padre de nuestros hijos y sostén de nuestra casa, nos transformamos en las mujeres perfectas, la mejor ama de casa, profesionista, madre, amante, nos ponemos a dieta, maquillamos y aunque en el fondo nuestra autoestima este pisoteada y arrastrada, nos dibujamos una enorme sonrisa, fingimos que no pasó nada, es obvio que por muchos esfuerzos que hagamos de salvar a ese hombre, este ya venía mal de origen, no está en nuestras manos, sin embargo hacemos lo imposible para no quedar mal. Solo que un día llega el príncipe a la casa, furioso con la vida, la cena no le gusto, nos azota el plato, nos recuerda lo inútiles que somos, calladas bajamos la mirada conteniendo las lágrimas, en ese instante se molesta más por los sollozos, empieza a decirnos que no nos hagamos las víctimas, que está harto de que él hace todo lo posible para mantener la casa, de dar el gasto para los hijos, nuestro cuerpo queda en un solo lugar, empezamos a temblar porque estamos seguras que viene la agresión física, de la nada se levanta de la mesa y empieza a golpearnos, lo único que alcanzamos hacer es cubrirnos el rostro para que no se vean los moretones, comenzamos a romper en llanto, a gritar, los vecinos tan acostumbrados a estos gritos, solo callan, siguen durmiendo o cenando, mencionando sin duda, ahí está esa pobre pendeja dejándose pegar, ni modo para que regresa con él, salen nuestros hijos de la casa pidiendo ayuda, nosotras, nosotras ya hacemos en el piso, con golpes, apuñaladas, nos transformamos en un cuerpo inerte, todos salen de sus casas, ahora sí, salen ayudar, momentos después llega la policía, detienen a nuestro príncipe asesino, todo se vuelve en rumor, todos dicen pobre mujer, si lo hubiera dejado a tiempo, eso le pasó por tonta, todos sabían que tarde o temprano eso iba a pasar. Seremos nota periodística, una estadística, las que tenemos la culpa por no haber dejado a ese hombre, seremos nosotras porque así lo dice, lo señala y dicta la sociedad…

Los invito a hacer una reflexión a fondo, cada víctima de violencia es diferente, todas tienen una historia, una vida, no presionemos con señalamientos injustos, la mujer cuando es agredida en cualquier tipo de violencia, es una persona vulnerable, llena de dudas, prejuicios, con la autoestima destrozada, no es que sea tonta, estupida, le falta ese valor, el coraje de salir adelante, seamos un poco sensibles, escuchemos, no juzguemos, ayudemos que cada una de ellas deje de sentirse señalada o con pena de lo que diremos, solo accionemos, denunciemos y eduquemos a nuestros hijos e hijas, que sean hombres y mujeres con valores, que se respeten así mismos, solo educando podremos evitar más muertes, familias destruidas.

Dedicado a todas aquellas que de alguna forma vive o ha vivido algún tipo de violencia, no estás sola, no creo que seas tonta, eres víctima como muchas, siempre hay formas de salir adelante.

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Datos del autor:

Maestra en Derecho Constitucional, trabajó como Defensora de Oficio del Poder Judicial del Estado de Veracruz y como Fiscal Especializado de la Fiscalía General del Estado de Veracruz. Cuenta con una amplia experiencia en el Nuevo Sistema Penal Acusatorio. Por su paso por la Fiscalía General, integró mil carpetas de investigación y tiene más de quinientas horas de juicio.

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