La Perla de la Sierra

Nescimus quid loquitur

Por Jafet R. Cortés.

Desde mi vejez actual, puedo vislumbrar que en mi mente historias maravillosas y otras fantásticas de una infancia vivida hace tiempo, que por novelescas que parezcan, y aunque sea a mis ochentaicuatro años la única testigo de aquellos hechos, puedo jurar que sucedieron tan cual los escribo; acontecidos en una gélida ciudad llena de nubes en el cielo, que bajaban sutilmente hasta arroparnos a todos de un color blancuzco que terminaba por enamorarnos perdidamente de la ciudad de Teziutlán y también de su gente. Era una época muy distinta a la que se vive en la actualidad, y eso es normal puesto que de aquellos días a la fecha, han transcurrido setenta años; el cuerpo no me responde como le respondía a la niña de pequeña que fui hace más de seis décadas y la mente hoy por hoy me traiciona más veces de las que puedo yo recordar, pero en este instante en el cual escribo, tengo los recuerdos lo suficientemente cerca como para estar setenta por ciento segura de que la mente, mínimo en esta ocasión, no me está engañando.

Tenía trece años y algunos meses aquel día que volví a viajar a la ciudad donde vivía mi tía Arminda García, prima hermana de mi mamá; ella se había contraído nupcias con uno de los seis hijos varones de Don Alfonso Fernández, dueño de las ferreterías que llevaban su apellido. El apellido familiar había pasado a ser sinónimo de opulencia y respeto en esa ciudad; la única hija que había tenido Don Alfonso, era Dolores, la más joven de todos sus hijos, la cual iba a cumplir quince años en unos días, razón de mi visita., Gustavo, el hijo varón más pequeño de Don Alfonso, a sus veintiocho años, había sido nombrado el sacerdote del lugar después de haber estudiado diez años en el seminario para convertirse en cura, como un acto de rebeldía, y de rechazar plenamente la oportunidad laboral que le ofreció su padre acerca de seguir con el negocio familiar de las “Ferreterías Fernández”; a mi edad actual puedo confesar sin remordimiento de conciencia, que era un hombre muy guapo para ser padre y que me llamaba la atención tanto así como para ir hasta a dos o tres misas al día sin queja alguna, el tiempo que estuviera allá. Observaba cómo escuchaban atentas todas, la palabra del señor que salía de su boca haciéndonos pensar que la bondad humana existía y al mismo tiempo colocándolo fuera, muy fuera de nuestro alcance por haberse convertido en padre.

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La casa de mi la tía Arminda era grande, con detalles hermosos, llena de lujos y carente de soledad, siempre había visitas en ella; fungía como punto perfecto para que la familia entera se reuniera a tomar café y comer pan, en aquellas frías tardes de enero. Cada plato, a la hora del desayuno, tenía curiosamente un pedazo de papaya, a mí nunca me gustó la papaya, y mi tía siempre me decía, “Ahora te lo comes”, después de esas palabras hacía lo propio  y me la comía; me tragaba rápidamente el pedazo casi entero de la fruta con la finalidad de no sentir el sabor desagradable que me causaba. Me llevaban a los mejores restaurantes y comía en los lugares más deliciosos y una que otra vez los acompañé a Tehuacán, con la finalidad de huir del frío intenso que existía casi todo el año; era raro encontrarme con un clima cálido cada vez que iba, ahora que lo pienso, quizás fue porque siempre que visitaba el lugar lo hacía en las épocas donde se concentraba más el gélido suplicio.

La fiesta de quince años de mi pequeña tía se acercaba y lamentablemente me da pena decirlo pero no había tenido tiempo de prepararme y comprar un vestido. Una semana antes de la celebración, mi tía Arminda me encontró envuelta en un llanto, con los cabellos despeinados y abrazando una de las almohadas del cuarto donde me hospedaba cuando iba a su casa, tirada en cama sin querer pararme, sorprendida con lo sucedido me preguntó con la voz dulce característica de ella mientras me acariciaba el cabello, < ¿Qué tienes mi niña?>, respondí todavía privada del llanto, <Na… na… nada, tía…>, <Por favor, Lidia, dime qué te sucede>, rápidamente solté la almohada, voltee la cara para ver a mi tía y la abracé con todas mis fuerzas como método de huir de la pregunta, <Dime qué tienes, mi niña>, no pude evitar más el cuestionamiento y le confesé lo sucedido, <Es que “Tiítia”, ¡me vine sin vestido para la fiesta¡>, volviendo a soltar el llanto, <Ay, mi niña… eso me hubieras dicho… no pasa nada, ahorita vamos a que te hagan uno, ¡Ya verás que te quedará chulísimo el vestido!>, <¿En serio, tía?>, sabía que su bondad era grande pero había sido más grande mi incredulidad y obstinación, <¡Claro que sí!, por qué no crees que sería verdad>, no supe más que abrazarla fuertemente, <¡Gracias, “Tiíta”!, ¡Eres la mejor tía del mundo!>.

A los tres días de la gala, Dolores anunció que se cambiaba el lugar del evento, ahora sería una fiesta privada en casa de mi tía Arminda que era lo suficientemente grande para albergar a cien selectos invitados. Esta decisión la había tomado por el rompimiento que sufrió con su novio y que por los incontables actos de acoso y las amenazas en su contra le hacían temer a ella y a toda la familia por su seguridad. Fue buena idea que eligieran la casa de la tía Arminda y el tío Miguel, era acogedora, un lugar que, no sé los demás, pero a mí en lo particular me traía paz y un ambiente de alegría; ya no tendría que salir con este frío terrible al salón donde se iba a realizar la fiesta, sólo tenía que arreglarme en mi habitación y bajar las hermosas escaleras frente a la entrada principal y alejarme un poco del candelabro de brillantes que estaba en medio de aquel grandísimo recibidor; sigo teniendo a mi edad, la terrible fobia de morir aplastada por uno de esos candelabros gigantescos, bueno, tengo miedo a morir de distintas formas.

Dicen que el miedo a morir se quita con el tiempo, pero no, definitivamente no, se agrava que es distinto, ahora le tengo más miedo a la muerte y eso me pesa bastante en estos días. Quiero que cuando suceda, sea un evento rápido como el sonido de un aplauso, de golpe desaparezca la vida en mis ojos y que no sienta nada; quiero morir tranquila, en mi casa, morir de vieja, y espero que así suceda. Mientras tengo la dicha de estar viva, escribiré aquellas historias de antaño que me vienen a la mente, como esta historia que estoy contando, y así me sentiré más viva; los recuerdos son lo único que nos queda al final de nuestra vida, la experiencia que forman todos ellos nos hace ser más sabios, o aparentar ser menos tontos de lo que éramos cuando niños; la vejez ha potencializado mis miedos, pero seré fuerte para vivir lo que tenga que vivir, mientras estoy en cama escribiendo estas notas.

El día de la fiesta había llegado, y la emoción que tenía por ello hizo que despertara temprano, arreglara mi cabello y bajara rápidamente a desayunar; ese día no hice muecas al comerme la papaya, sólo hacía lo mejor que podía porque ya fuera de noche y las luces iluminaran la velada. No eran mis quince años pero sentía como si lo fueran, la emoción brotaba de mi pecho y aceleraba mi corazón; ayudé a mis tías con pequeñas tareas que me encargaron en cuanto a los detalles de los arreglos que había en las mesas, y la comida que se estaba preparando en la cocina. Sólo veía cómo iban de un lado para el otro, e imitaba sus movimientos disparatados tratando de que al igual que ellas, todo saliera a la perfección.

A las tres de la tarde todos los preparativos estaban listos y mi tía Arminda junto con la estilista, empezaron el proceso más tardado de todos, comenzaron a arreglar a la quinceañera. Maquillaje, rímel, delineador, pintura de uñas; todo el ritual típico de toda mujer que deja de ser una niña para presentarse en sociedad como toda una señorita. Recuerdo que se veía hermosa, el vestido verde turquesa resaltaba con sus ojos café claro; el peinado, ¡Todo!, completamente todo la hacía sentirse bella, y de verdad así lo era; esa noche era suya y de nadie más.

<Lidia, ¿Ya estás lista?, baja para recibir a los invitados>, <Sí tía, ahora mismo bajo a recibirlos>, estaba sentada esperando justamente que me dijera eso, <Cuando estén casi todos, me dices para que le avise a Dolores que baje>, <¡Sí, “Tiíta”!, yo te aviso cualquier cosa>. Así recibí a más de setenta invitados, ya quería que empezara todo, pero fui paciente, faltaba poco para que todo diera inicio. El reloj cucú marcaba las diez horas y en ese momento dio inicio formalmente la festividad; se apagaron las luces mientras todos los invitados sostenían una copa de vino blanco, hasta yo me había apoderado de una de esas copas de vino. Todos vimos bajar a Dolores, iluminada por un haz de luz que la seguía en su recorrido rumbo al recibidor; era su noche y todo marchaba a la perfección; fue presentada por el mismísimo alcalde de la ciudad y bailó con casi todos los invitados de la fiesta, los que tuvieron ánimo de bailar y no morían de pena de hacerlo.

Siempre me he considerado con dos pies izquierdos, y ese momento en el que la veía bailar con tanto ánimo, libre y sin preocupación alguna, sutil como el viento y proyectando tanta calidez como la gracia de dios, en esa noche tan fría, me dieron unas ganas colosales de bailar, o mínimo tratar de hacerlo, en ese ambiente que se estaba volviendo mágico. Después de la danza, mientras los meseros preparaban los platos y cubiertos para servir la cena, y los invitados felicitaban a la quinceañera que se encontraba rodeada de gente que la quería mucho, familiares y amigos, y mientras me acercaba para darle un fuerte abrazo, escuchamos todos algo que nos desconcertó; se oyó disparo tras disparo adentro del recinto, todos estábamos pasmados de impresión y miedo. Cuando voltee la mirada vi al exnovio de Dolores corriendo afuera de la casa, a ella cayendo ensangrentada, y a su papá llorando de impotencia y gritando, <¡Mi niña!, ¡Mi niña!, ¡Cómo me la dejaron!>, mientras la sostenía entre sus brazos; no sabía qué hacer, había quedado completamente helada. Todos, hasta el padre Gustavo, se habían echado para atrás del susto.

Ahí, delante de todos le vació la pistola; tenía quince años cumplidos y con seis tiros en el pecho falleció la pobre. Esa misma noche agarraron al exnovio, llevó el caso un abogado muy famoso de la época, se llamaba Jorge, no creo que aún viva, y después de varios juicios lo metieron a la cárcel. Ni los jóvenes están exentos de la muerte; este pasaje de mi juventud me recordó toda mi vida lo frágiles que somos, y que de un momento a otro, lo merezcamos o no, sin deberla ni temerla, la muerte llega y la vida acaba.

[Para Lidia Otilia Meza García]

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Datos del autor:

Político, pambollero,escritor, Licenciado en derecho egresado de la Universidad Veracruzana, originario de Xalapa, Veracruz Twitter: @JAFETcs

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