Aprende a vivir la semana en familia y descubre el verdadero sentido de su identidad

Por Francisco Hernández Elvira 

Cada uno de nosotros vive la Semana Santa con sensaciones diferentes. Nuestros sentidos perciben este tiempo, con sus colores, sus olores, sus sabores, sus sonidos… Muchos coincidirán en que no está mal tomarnos “unos días” para estar en familia y disfrutar de todas aquellas vivencias que, en lo cotidiano, y por falta de tiempo, nos vamos negando.  Como no coincidir en lo necesario que termina siendo ese descanso, sino sólo nos permite reparar nuestras fuerzas físicas e intelectuales, sino también nuestra fuerza espiritual y, poder, así, renovar nuestra vida.

 La Semana Santa es momento de reflexión y oración. Vivir la Semana Santa es darle a Dios el primer lugar. ¿Por qué no podemos, aunque sea una vez al año, dedicarle tan solo un momento? ¿Qué es lo que incomoda tanto al ser humano que prefiere lo banal y mundano antes que la conducta cristiana de penitencia y sacrificio?  Lo importante de esta Semana es entender por qué padeció y murió Jesús, y que nuestros seres queridos lo comprendan, y qué mejor que aprovechar estos días, para realizar este discernimiento en familia.

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Jesús nos enseñó que la verdadera grandeza se mide por nuestra capacidad de servicio a los demás. Sucedió en la noche del jueves de aquella primera Semana Santa; la última en la vida terrenal de Jesús. Después de que el sol se ocultaba se daba inicio a la celebración de la Pascua, la fiesta más importante para todo el pueblo…

Jesús murió en medio de una oscura trama de equívocos humanos. Es cierto. Pero su muerte tenía propósitos que trascendían el límite de esa historia terrenal en cumplimiento de los propósitos establecidos por Dios para la humanidad entera. ¡He ahí el meollo de su muerte sacrificial! En la cena de la noche anterior había dicho: «Esto es mi sangre del pacto, que es derramada por muchos para el perdón de pecados» (Mateo 26.28). Jesús vivió en función de los demás y murió en coherencia con ese mismo destino. Se entregó en la cruz y lo hizo para que todos tuviéramos perdón de pecados; esa fue una entrega consecuente con su vida de servicio. Nada de absurdo había en ella; tampoco nada parecido a un inesperado y trágico final.

La muerte de Jesús es una expresión del amor de Dios; gracias a ella es posible el perdón del Señor: «El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo, para que, ofreciéndose en sacrificio, nuestros pecados quedaran perdonados» (1 Juan 4.10). Es el perdón de Dios y la reconciliación con él lo que está en el centro de la celebración del Viernes Santo. Podemos, entonces, entablar una nueva relación con Dios; estar en paz con él, coexistir en relaciones armoniosas con los demás —que cuánta falta nos hace en este momento de guerras infames—, y vivir una existencia reconciliada con nosotros mismos y con la creación.

Todo eso es posible por medio del crucificado quien se entregó y nos amó para que la entrega y el amor sean posibles entre nosotros. ¡Un mundo distinto es posible!

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Datos del autor: Conferencista, consultor político y empresarial.

 

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